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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

RECURSOS ESCUELA SABÁTICA 

I Trimestre de 2008 

El discipulado 

Notas de Elena C. de White 

Lección 6 

2 al 9 de Febrero de 2008 

Lo étnico y el discipulado 



Sábado 2 de febrero 

Las palabras del Salvador "Vosotros sois la luz del mundo" indican que confió a sus se- 
guidores una misión de alcance mundial. En los tiempos de Cristo, el orgullo, el egoís- 
mo y el prejuicio habían levantado una muralla de separación sólida y alta entre los que 
habían sido designados custodios de los oráculos sagrados y las demás naciones del 
mundo. Cristo vino a cambiar todo esto. Las palabras que el pueblo oía de sus labios 
eran distintas de cuantas había escuchado de sacerdotes o rabinos. Cristo derribó la 
muralla de separación, el amor propio, y el prejuicio divisor del nacionalismo egoísta; 
enseñó a amar a toda la familia humana. Elevó al hombre por encima del círculo limita- 
do que les prescribía su propio egoísmo; anuló toda frontera territorial y toda distinción 
artificial de las capas sociales. Para él no había diferencia entre vecinos y extranjeros ni 
entre amigos y enemigos. Nos enseña a considerar a cada alma necesitada como 
nuestro prójimo y al mundo como nuestro campo. 

Así como los rayos del sol penetran hasta las partes más remotas del mundo, Dios 
quiere que el evangelio llegue a toda alma en la tierra (El discurso maestro de Jesu- 
cristo, p. 38). 



Domingo 3 de febrero 
Discípulos entre los samaritanos 

Aunque judío, Jesús trataba libremente con los samaritanos, y despreciando las cos- 
tumbres y los prejuicios farisaicos de su nación, aceptaba la hospitalidad de aquel pue- 
ido. Dormía bajo sus techos, comía en su mesa, compartiendo los manja- 
idos y servidos por sus manos, enseñaba en sus calles, y los trataba con la 
mayor bondad y cortesía. Y al par que se ganaba sus corazones por su humana sim- 
patía, su gracia divina les llevaba la salvación que los judíos rechazaban (El ministerio 
de curación, p. 17). 

¡Cuan vivo interés manifestó Cristo en esta sola mujer! ¡Cuan fervorosas y elocuentes 
fueron sus palabras! Al oírlas la mujer dejó el cántaro y se fue a la ciudad para decir a 
sus amigos: "Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿si quizás 
es éste el Cristo?" Leemos que "muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron 

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en él". ¿Quién puede apreciar la influencia que semejantes palabras ejercieron para la 
salvación de almas desde entonces hasta hoy? 

Doquiera haya corazones abiertos para recibir la verdad, Cristo está dispuesto a en- 
señársela, revelándoles al Padre y el servicio que agrada a Aquel que lee en los cora- 
zones. Con los tales no se vale de parábolas, sino que, como a la mujer junto al pozo, 
les dice claramente: "Yo soy, que hablo contigo" (El ministerio de curación, pp. 17, 
18). 

[Se cita Juan 4:35] Él se refirió aquí al campo de acción del evangelio, a la obra del 
cristianismo entre los pobres y despreciados samaritanos. Su mano se extendió para 
juntarlos en el granero; estaban listos para la cosecha. 

El Salvador estaba por encima de todo prejuicio de nación o pueblo. Estaba dispuesto a 
extender los privilegios de los judíos a todos los que aceptaran la luz que con su venida 
trajo al mundo. Le causaba profundo gozo contemplar aun cuando fuera una sola alma 
que lo buscara saliendo de la noche de ceguera espiritual. Lo que Jesús no había reve- 
lado a los judíos y había ordenado a sus discípulos que guardaron secreto, fue clara- 
mente expuesto ante las preguntas de la mujer de Samaría, pues Aquel que sabía to- 
das las cosas se dio cuenta que ella usaría correctamente su conocimiento y sería el 
medio de llevar a otros a la verdadera fe (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 
1108). 



Podemos considerar al centurión que se acercó a Cristo como un ejemplo de fe genui- 
na. Le rogó al Señor, diciéndole: "Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, 
gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y 
dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi 
criado sanará. Por que también yo soy hombre de autoridad, y tengo bajo mis órdenes 
soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo 
hace. Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni 
aun en Israel he hallado tanta fe" (S. Mateo 8:5-10). 

¿Qué clase de poder pensaba el centurión que Jesús tenía? Creía firmemente que era 
el poder divino... Con el ojo de la fe vio ángeles que rodeaban a Jesús y que él podía 
comisionar a uno de ellos para visitar al sufriente. Creía que su palabra podía penetrar 
hasta el cuarto del enfermo y sanarlo. Por eso Cristo se maravilló de su fe y ex- 
clamó:"De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe". 

Hay muchos, fuera de nuestro pueblo, que gozan del favor de Dios pues han vivido a la 
altura de la luz que él les ha dado (Ellen G. White 1888 Materials, pp. 559, 560). 

Jesús se puso inmediatamente en camino hacia la casa del oficial; pero, asediado por 
la multitud, avanzaba lentamente. Las nuevas de su llegada le precedieron, y el centu- 
rión, desconfiando de sí mismo, le envió este mensaje: "Señor, no te incomodes, que 
no soy digno que entres debajo de mi tejado". Pero el Salvador siguió andando, y el 
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centurión, atreviéndose por fin a acercársele, completó su mensaje diciendo: "Ni aun 
me tuve por digno de ver a ti; mas di la palabra, y mi siervo será sano. Porque también 
yo soy hombre puesto en potestad, que tengo debajo de mí soldados; y digo a éste: Ve, 
y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace". Como represento el po- 
der de Roma y mis soldados reconocen mi autoridad como suprema, así tú representas 
el poder del Dios infinito y todas las cosas creadas obedecen tu palabra. Puedes orde- 
nar a la enfermedad que se aleje, y te obedecerá. Puedes llamar a tus mensajeros ce- 
lestiales, y ellos impartirán virtud sanadora. Pronuncia tan sólo la palabra, y mi siervo 
sanará [El Deseado de todas las gentes, pp. 282, 283). 

El siervo de cierto centurión yacía enfermo de parálisis. Entre los romanos los siervos 
eran esclavos, comprados y vendidos en los mercados, y muchas veces eran tratados 
con crueldad; pero este centurión quería entrañablemente a su siervo y anhelaba que 
se restableciese. Creía que Jesús podía sanarlo... Pero se sentía indigno de acercarse 
a Jesús y acudió a los ancianos de los judíos para que intercedieran por la curación de 
su siervo... 

Los ancianos habían recomendado al centurión a Cristo por causa del favor que él hab- 
ía hecho a la "nación" de ellos. "Es digno", decían, porque "nos edificó una sinagoga". 
Pero el centurión decía de sí mismo: "No soy digno". Sin embargo, no temió pedir auxi- 
lio a Jesús. No confiaba en su propio mérito, sino en la misericordia del Salvador. Su 
único argumento era su gran necesidad. 

Asimismo, todo ser humano puede acudir a Cristo. "No por obras de justicia que noso- 
tros habíamos hecho, mas por su misericordia nos salvó" (Tito 3:5). ¿Piensas que, por 
ser pecador, no puedes esperar recibir bendición de Dios? Recuerda que Cristo vino al 
mundo para salvar a los pecadores. Nada tenemos que nos recomiende a Dios; el ale- 
gato que podemos presentar ahora y siempre es nuestro absoluto desamparo, que 
hace de su poder redentor una necesidad. Renunciando a toda dependencia de noso- 
tros mismos, podemos mirar a la Cruz del Calvario y decir: "Ningún otro auxilio hay, in- 
defenso acudo a ti" (El ministerio de curación, pp. 41, 42). 



Martes 5 de febrero 
La cananea 

El Salvador anhelaba exponer a sus discípulos la verdad concerniente al derribamiento 
de la "pared intermedia de separación" entre Israel y las otras naciones, -la verdad de 
que "los gentiles sean juntamente herederos" con los judíos, y "consortes de su prome- 
sa en Cristo por el evangelio" (Efesios 2:14; 3:6). Esta verdad fue revelada en parte 
cuando recompensó la fe del centurión de Capernaum, y también cuando predicó el 
evangelio a los habitantes de Sicar. Fue revelada todavía más claramente en ocasión 
de su visita a Fenicia, cuando sanó a la hija de la mujer cananea. Estos incidentes ayu- 
daron a sus discípulos a comprender que entre aquellos a quienes muchos considera- 
ban indignos de la salvación, había almas ansiosas de la luz de la verdad. 

Así Cristo trataba de enseñar a sus discípulos la verdad de que en el reino de Dios no 
hay fronteras nacionales, ni castas, ni aristocracia; que ellos debían ir a todas las na- 
ciones, llevándoles el mensaje del amor del Salvador. Pero sólo más tarde comprendie- 
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ron ellos en toda su plenitud que Dios "de una sangre ha hecho todo el linaje de los 
hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden 
de los tiempos, y los términos de la habitación de ellos; para que buscasen a Dios, si en 
alguna manera, palpando, le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de noso- 
tros" (Hechos 17:26, 27) (Los hechos de los apóstoles, pp. 16, 17). 

De la abundancia de la que goza una familia en su fiesta, caen las migajas que son de- 
voradas por los perros que esperan la oportunidad debajo de la mesa. La mujer sirofe- 
nisa reconocía que ella ocupaba una posición similar a la de ellos, que aceptaban 
agradecidos lo que caía de las manos de su amo. Aunque él favorecía al pueblo de 
Dios brindándole ricas y abundantes bendiciones, ¿no le concedería a ella una de esas 
muchas bendiciones que había ofrecido tan abundantemente a otros? Mientras confe- 
saba que no era digna de pedir nada, al mismo tiempo rogaba por una migaja que so- 
brara de su abundancia. Tal fe y perseverancia no tenían comparación. Muy pocos en- 
tre el pueblo de Dios tenían tal aprecio por la benevolencia y poder del Redentor. 
Jesús había salido de Jerusalén porque los escribas y fariseos estaban buscando la 
forma de quitarle la vida. Ahora, Cristo se encuentra con un miembro de una raza des- 
afortunada y despreciada, que no había sido favorecida por la luz de la Palabra de 
Dios; y sin embargo esa persona se entrega a la divina influencia de Cristo y tiene fe 
implícita en su capacidad de concederle el favor pedido. Ruega que se le den las miga- 
jas que caen de la mesa del Maestro. No tiene prejuicio nacional ni religioso, ni orgullo 
que influya en su conducta, y reconoce inmediatamente a Jesús como el Redentor y 
como capaz de hacer todo lo que ella le pide. 

El Salvador está satisfecho. Ha probado su fe en él. Por su trato con ella, ha demostra- 
do que aquella que Israel había considerado como paria, no es ya extranjera sino hija 
en la familia de Dios. Y como hija, es su privilegio participar de los dones del Padre. 
Cristo le concede ahora lo que le pedía, y concluye la lección para los discípulos. Vol- 
viéndose hacia ella con una mirada de compasión y amor, dice: "Oh mujer, grande es tu 
fe; sea hecho contigo como quieres". Desde aquella hora su hija quedó sana. El demo- 
nio no la atormentó más. La mujer se fue, reconociendo a su Salvador, y feliz por haber 
obtenido lo que pidiera. 

Éste fue el único milagro que Jesús realizó durante este viaje. Para ejecutar este acto 
había ido a los confines de Tiro y Sidón. Deseaba socorrer a la mujer afligida y al mis- 
mo tiempo dar un ejemplo de su obra de misericordia hacia un miembro de un pueblo 
despreciado, para beneficio de sus discípulos cuando no estuviese más con ellos. De- 
seaba sacarlos de su exclusividad judaica e interesarlos en el trabajo por los que no 
fuesen de su propio pueblo. Este acto de Cristo abrió sus mentes más plenamente para 
comprender la tarea que deberían realizar entre los gentiles. Más adelante, cuando los 
judíos persistentemente los rechazaran porque declaraban que él era el Salvador del 
mundo, y cuando la muralla de separación entre judíos y gentiles fuera derribada por la 
muerte de Cristo, esta lección, y otras similares que mostraban que el evangelio no es- 
taba restringido por diferencias de raza o nacionalidad, tendrían una poderosa influen- 
cia en las labores de los representantes de Cristo (Folleto: Redemption: or the Mim- 
óles of Christ, the Mighty One, pp. 79, 80; parcialmente en, El Deseado de todas 
las gentes, pp. 367, 368). 



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Miércoles 6 de febrero 
Felipe y el oficial etíope 

"Y he aquí un Etíope, eunuco, gobernador de Candace, reina de los Etíopes, el cual era 
puesto sobre todos sus tesoros, y había venido a adorar a Jerusalén, se volvía sentado 
en su carro, y leyendo el profeta Isaías". Este etíope era hombre de buena posición y 
amplia influencia. Dios vio que, una vez convertido, comunicaría a otros la luz recibida, 
y ejercería poderoso influjo en favor del evangelio. Los ángeles del Señor asistían a es- 
te hombre que buscaba luz, y le atraían al Salvador. Por el ministerio del Espíritu Santo, 
el Señor lo puso en relación con quien podía conducirlo a la luz... 

El corazón del etíope se conmovió de interés cuando Felipe le explicó las Escrituras, y 
al terminar el discípulo, el hombre se mostró dispuesto a aceptar la luz que se le daba. 
No alegó su alta posición mundana como excusa para rechazar el evangelio. "Y yendo 
por el camino, llegaron a cierta agua; y dijo el eunuco: He aquí agua; ¿qué impide que 
yo sea bautizado? Y Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondien- 
do, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro: y descendieron 
ambos al agua, Felipe y el eunuco; y bautizóle" (Los hechos de los apóstoles, pp. 88, 
89). 

Cristo había pedido a sus discípulos ir a todas las naciones, pero las enseñanzas reci- 
bidas previamente de parte de los judíos les hacía difícil comprender plenamente las 
palabras de su Maestro y actuar de acuerdo a ellas. Se consideraban hijos de Abrahán 
y herederos de las promesas divinas. No fue hasta varios años después de la ascen- 
sión de Cristo que sus mentes pudieron entender claramente que debían trabajar por la 
conversión de los gentiles además de hacerlo por los judíos. Y fueron los mismos genti- 
les, muchos de los cuales aceptaban la doctrina cristiana, los que abrieron sus mentes 
para iniciar la obra entre ellos. Después de la muerte de Esteban y la persecución que 
esparció a los creyentes a través de Palestina, Samaría fue el lugar donde la predica- 
ción produjo grandes resultados ya que los creyentes fueron recibidos con afecto, y 
muchos estuvieron dispuestos a escuchar acerca de Jesús, quien en sus primeras la- 
bores públicas los había visitado y les había predicado con gran poder. 

La animosidad entre judíos y samaritanos había disminuido y ya no se podía decir que 
no se trataban entre ellos. Felipe salió de Jerusalén y comenzó a predicar en Samaría 
acerca del Salvador resucitado. Su predicación resultó en gran éxito ya que muchos 
eran bautizados y se unían al redil de Cristo. Tantos eran los que entraban en la iglesia 
que Felipe tuvo que pedir ayuda a los que habían quedado en Jerusalén. Ahora los 
apóstoles podían comprender las palabras de Cristo cuando les dijo: "Y me seréis testi- 
gos en Jerusalén en toda Judea, en Samaría, y hasta lo último de la tierra". 

Los eventos que siguieron, como la conversión del eunuco etíope como resultado de la 
enseñanza de Felipe, la visión de Pedro en Jope y el derramamiento del Espíritu Santo 
sobre Cornelio y su familia, convencieron a los apóstoles y a los líderes en Jerusalén 
que Dios había concedido también a los gentiles arrepentimiento para vida. Todo esto 
preparó el camino para la misión encomendada a Pablo (Sketches From the Life of 
Paul, pp. 38, 39). 



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Jueves 7 de febrero 
La iglesia de Antioquía 

Entre los lugares mencionados donde el evangelio fue recibido con regocijo, está An- 
tioquía, entonces capital de Siria. El extenso comercio de aquel populoso centro atraía 
mucha gente de diversas nacionalidades. Al mismo tiempo, Antioquía era favorable- 
mente conocida como punto de reunión para los amantes de la comodidad y el placer, 
por causa de su situación saludable, de hermosos alrededores y de la riqueza, la cultu- 
ra y el refinamiento que allí se hallaban. En los días de los apóstoles, había llegado a 
ser una ciudad de lujo y vicio. 

El evangelio fue públicamente enseñado en Antioquía por ciertos discípulos de Chipre y 
Cirene, quienes entraron "anunciando el evangelio del Señor Jesús". "Y la mano del 
Señor era con ellos"; su fervorosa labor producía fruto, pues "creyendo, gran número se 
convirtió al Señor". 

"Y llegó la fama de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén; y envia- 
ron a Bernabé que fuese hasta Antioquía". Al llegar a su nuevo campo de labor, Ber- 
nabé vio la obra hecha allí por la gracia divina, y "regocijóse; y exhortó a todos a que 
permaneciesen en el propósito del corazón en el Señor". 

La obra de Bernabé en Antioquía fue copiosamente bendecida y aumentó allí muchísi- 
mo el número de fieles. Al prosperar la obra, sintió Bernabé la necesidad de ayuda 
conveniente a fin de avanzar por las puertas abiertas por la providencia de Dios; y así 
se fue a Tarso en busca de Pablo quien, después de salir de Jerusalén algún tiempo 
antes, había estado trabajando en las comarcas de "Siria y de Cilicia", anunciando "la 
fe que en otro tiempo destruía" (Gálatas 1 :21, 23). Bernabé encontró a Pablo y le per- 
suadió a que volviese con él como su compañero en el ministerio. 

En la populosa ciudad de Antioquía, halló Pablo un excelente campo de labor. Su eru- 
dición, sabiduría y celo influyeron poderosamente en los vecinos y forasteros de aquella 
culta ciudad, de manera que Pablo proporcionó precisamente la ayuda que Bernabé 
necesitaba. Durante un año trabajaron ambos discípulos unidos en fiel ministerio, co- 
municando a muchos el salvador conocimiento de Jesús de Nazaret, el Redentor del 
mundo. 

Fue en Antioquía donde los discípulos fueron llamados por primera vez cristianos. El 
nombre les fue dado porque Cristo era el tema principal de su predicación, su enseñan- 
za y su conversación. Continuamente volvían a contar los incidentes que había ocurrido 
durante los días de su ministerio terrenal, cuando los discípulos eran bendecidos con 
su presencia personal. Se explayaban incansablemente en sus enseñanzas y en sus 
milagros de sanidad. Con labios temblorosos y ojos llenos de lágrimas hablaban de su 
agonía en el jardín, su traición, su juicio, y su ejecución; de la paciencia y humildad con 
que había soportado el ultraje y la tortura que le habían impuesto sus enemigos, y la 
piedad divina con que había orado por aquellos que los perseguían. Su resurrección y 
ascensión, su obra en el cielo como el mediador del hombre caído, eran temas en los 
cuales se gozaban en explayarse. Bien podían los paganos llamarlos cristianos, siendo 
que predicaban a Cristo, y dirigían sus oraciones al Padre por medio de él... 

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Los creyentes de Antioquía comprendían que Dios estaba dispuesto a obrar en sus vi- 
das "el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Filipenses 2:13). Mientras vivían 
en medio de un pueblo que parecía preocuparse poco por las cosas de valor eterno, 
trataban de dirigir la atención de los de corazón sincero, y dar testimonio positivo de 
Aquel a quien amaban y servían. En su humilde ministerio, aprendieron a depender del 
poder del Espíritu Santo para hacer eficaz la palabra de vida. Y así, en las diversas 
ocupaciones de la vida, daban testimonio diariamente de su fe en Cristo. 

El ejemplo de los seguidores de Cristo en Antioquía debería constituir una inspiración 
para todo creyente que vive en las grandes ciudades del mundo hoy. Aunque es plan 
de Dios que escogidos y consagrados obreros de talento se establezcan en los centros 
importantes de población para dirigir esfuerzos públicos, es también su propósito que 
los miembros de la iglesia que viven en esas ciudades usen los talentos que Dios les 
ha dado trabajando por las almas. Hay en reserva ricas bendiciones para los que se en- 
treguen plenamente al llamamiento de Dios. Mientras esos obreros se esfuercen por 
ganar almas para Jesús, hallarán que muchos que nunca hubieran sido alcanzados de 
otra manera están listos para responder al esfuerzo personal inteligente (Los hechos 
de los apóstoles, pp. 126- 128). 



Viernes 8 de febrero 
Para estudiar y meditar 

El Deseado de todas las gentes, pp. 282-285; 365-379; 574-576. 



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